La búsqueda de la perfección puede ser limitante y enfocarse en la excelencia puede liberarnos
En el lenguaje cotidiano solemos usar “perfección” y “excelencia” como sinónimos. Sin embargo, desde el coaching ontológico, representan caminos muy distintos… y resultados también.
La perfección es una promesa engañosa. Se sostiene en la idea de que existe un punto final sin errores, sin fisuras, donde todo “debería” encajar. Pero en la práctica, la búsqueda de la perfección suele paralizarnos. Nos vuelve excesivamente críticos, temerosos de equivocarnos y, muchas veces, nos deja atrapados en la postergación: “aún no está listo”.
La excelencia, en cambio, es un proceso vivo. No niega el error; lo integra como parte del aprendizaje. Una persona orientada a la excelencia actúa, prueba, ajusta. No espera condiciones ideales: las construye en el camino. Cambia la pregunta de “¿esto es perfecto?” por “¿esto expresa lo mejor que hoy puedo ofrecer?”.
Aquí aparece una distinción clave: la perfección mira hacia un estándar rígido; la excelencia mira hacia la evolución. La primera suele estar asociada al juicio y al miedo. La segunda, al compromiso y a la expansión.
Cuando soltamos la exigencia de perfección, algo se libera. Aparece más creatividad, más acción, más posibilidad. Nos damos permiso para aprender en movimiento.
Quizás no se trate de hacer las cosas sin errores, sino de hacerlas con presencia, responsabilidad y mejora continua.
La invitación es simple y desafiante a la vez: cambiar el estándar imposible por un compromiso auténtico para crecer.
