Cada vez que nos comunicamos con otro, damos por sentado que él entenderá lo que dije de manera literal. Para nosotros es obvio lo que queremos decir… ¿lo es realmente?
En nuestro modelo de comunicación contamos con un Emisor – quien emite el mensaje – y un Receptor, quien recibe la información. Pero también existe el Ruido, representado por las interferencias que influyen entre la información que pasa a ser codificada y decodificada.
Cuando emito un mensaje, lo hago de acuerdo a mi modelo mental. Si quien lo recibe no camparte dicho modelo, es muy probable que no lo entienda correctamente.
Ese modelo mental incluye un cúmulo de conocimientos e ideas que vienen de nuestro pasado y el de nuestros ancestros, de nuestra cultura, nuestra educación, etc.
Y obviamente, puede haber datos de contexto que emisor y receptor no comparten… y entonces el mensaje no va a llegar bien.
Al emitir un mensaje debemos verificar que no haya en el mismo, elementos ambiguos, que permitan una mala interpretación.
Tomemos el siguiente ejemplo de la vida empresaria. Si alguien te dice: “Por favor, ven a mi oficina cuanto
antes”, no es lo mismo si ese alguien es un jefe, un colega, un colaborador, un proveedor o el mejor cliente de la compañía.
Sigamos el ejemplo asumiendo que es tu jefe. Tampoco es lo mismo si vienes de resolver un problema (“ven a celebrar”), estás atascado en uno (“ven que te explico, o te ayudo”) o acabas de fracasar
en un proyecto (“ven a dar explicaciones”).
El mensaje es el mismo, pero el modelo mental de quienes emiten y reciben el mensaje, y el contexto hacen la diferencia.
Es importante entonces, detectar posibles discrepancias en los modelos mentales, ambigüedades en los mensajes para asegurarnos que la decodificación que el otro hace, coincida con lo que quisimos decir.
Lo mismo sucede a nivel inconsciente. Si no somos claros a la hora de hacer una declaración o decreto, el inconsciente nos llevará a cumplir con eso que pedimos… aunque no sea lo que queríamos.
