¿Cuántas de nuestras actividades las hacemos realmente a consciencia?

Son menos de las que crees…

¿Acaso cuando andas en bicicleta piensas: “Ahora voy a girar los pedales”, “ahora voy manteniendo el equilibrio”, “uh! casi me olvido de ponerme el casco”, o “el semáforo se puso en rojo, así que debería parar”? ¿Por qué no necesitamos hacer todos estos análisis en cada ocasión?

Porque muchas actividades las hacemos en transparencia.

Cuando, por ejemplo, caminamos, subimos la escalera, martillamos un clavo en la pared, escribimos en la notebook o el celular, hablamos por teléfono, andamos en bicicleta, manejamos un auto, comemos en la mesa, cocinamos, etcétera, lo hacemos en transparencia. Ello implica que no tenemos la atención puesta en cada paso que damos al caminar, en cada movimiento que hacemos con las manos al escribir en la notebook, o en los movimientos de brazos y piernas cuando manejamos el auto. Tampoco proyectamos por anticipado el movimiento que haremos a continuación. La acción transparente no sigue los supuestos ofrecidos por la interpretación de la acción racional.

Actuamos sin tener clara conciencia del pavimento en el que caminamos; de los escalones que subimos; del martillo, del clavo y de la pared; de la pantalla de la notebook y del teclado; del auricular del teléfono; del tenedor que tenemos en la mano al comer y del plato que contiene la comida; de la olla en la que revolvemos al cocinar. Nuestra atención suele estar puesta en otra parte.

Si vamos en la mañana manejando nuestro automóvil, camino a la oficina, el volante, los pedales, incluso los demás autos que se mueven alrededor, parecieran ser transparentes para nosotros. Casi tan transparentes como el parabrisas que tenemos por delante y que no vemos en cuanto parabrisas. La mente no está puesta en ellos; pensamos, más bien, en la conversación tenida pocos minutos antes con nuestra pareja en la mesa del desayuno, en la llamada por teléfono que haremos una vez que lleguemos a la oficina o en la reunión fijada para después del almuerzo. Pasamos una bocacalle tras otra, un semáforo tras otro, como si no los viéramos. Si al llegar a la oficina, tratáramos de recordar el recorrido, muy probablemente no podríamos hacerlo o solo recordaríamos algunos detalles.

Esto no significa que no prestamos atención a lo que hacíamos… sólo que nos desplazamos en sintonía con el mundo alrededor, sin detenernos a pensar en él. De no haber visto los semáforos, no nos habríamos detenido, como lo hicimos cada vez que hubo una luz roja. Es evidente que no cometimos ninguna infracción.

Sólo emerge la conciencia de lo que estamos ejecutando, cuando este fluir en la transparencia, por alguna razón, se ye interrumpido, por ejemplo, si al estar caminando tropezamos, súbitamente observaremos aquel pavimento en el que caímos.

Muchas veces nos pasa esto con nuestras relaciones, nuestra actividad laboral y en cualquier otro ámbito de la vida. Hacemos las cosas como las hicimos siempre (probablemente porque así las aprendimos en casa), en transparencia, y no nos damos de que esa forma de proceder es el origen de nuestros problemas. Para resolver situaciones, debemos empezar por sacarlas de la transparencia.

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