La Exigencia está sobrevalorada y es visualizada de manera positiva por la sociedad.
Sin embargo, hay que ser cuidadoso. La exigencia, visto desde quien ordena, no mide las consecuencias del que va a realizar la acción, el exigido. Solamente le importa que se haga, que se haga bien y en el tiempo exigido. Sin discusión.
Como sostiene Norberto Levy, la exigencia es una manera ignorante de cumplir con nuestros objetivos;
pues nos lleva a la posición de actuar como máquinas, orientándonos a creer que debemos hacer algo sí o sí; aunque nos duela la cabeza o no, sin excusas.
Y esto es así para quienes son exigentes con sus colaboradores, o son exigentes consigo mismos.
En este modelo, el exigente actúa como programador, el que decide qué hay que hacer y cómo, y el exigido como realizador.
Cuando el Exigente ordena (porque no sabe pedir), excluye la posibilidad del no por parte del exigido; mientras que el Exigido carece de recursos para manifestar la negación, comprometiendo su
dignidad.
Ante esta relación, la resistencia del Exigido para modificar esta situación genera resignación, creándose así una víctima. Del mismo modo, la resistencia del Exigido a aquello que no es posible modificar, genera resentimiento; pudiendo esto llevar daños irreversibles sobre sí mismo.
El estrés está hecho de un “tienes que”.
Las enfermedades habituales que surgen ante esta tóxica relación son: agotamiento psicológico (o burn-out), fatiga crónica, stress, úlcera y depresión.
Puedes liberarte de esas cargas.
Para salir del estado de Exigido, debemos realizarnos preguntas que nos hagan recuperar la autonomía.
Si eres una persona que se exige a sí mismo, te invito a preguntarte desde tu aspecto exigido:
- ¿Y a mí, qué me parece?
- ¿Tengo ganas de realizar esta acción?
- ¿Estoy eligiendo o estoy obligado?
- ¿Disfruto lo que hago?
- ¿Qué necesito de mi aspecto exigente?
Si cambias tu relación contigo, verás que podrás potenciar tus habilidades,
disfrutar del proceso y de tus logros.
