¿Qué te llevó a aceptar esa propuesta de trabajo?
Es más habitual de lo que creemos. Conseguimos nuestro primer empleo y lo aceptamos, aún sin estar convencidos. ¿Por qué lo hicimos? ¿La familia opinaba que era lo mejor para nosotros? ¿Creímos que no podíamos encontrar otro que nos gustara más o en el que nos fuéramos a sentir más cómodos?
Lo mejor es, siempre, tener un trabajo que tenga sentido para nosotros.
Puede pasar que tengamos varios empleos que no nos gustan tanto hasta que encontramos ese trabajo que realmente nos apasiona. Pero debemos seguir buscando, sin resignarnos a vivir una vida que no nos conforma.
Mucha gente termina teniendo trabajos que nada tienen que ver con aquello que han estudiado, o el título académico que han alcanzado.
Lo más importante es mantenernos motivados.
Es por eso que tenemos que averiguar qué es lo que realmente nos interesa, y que pueda sumar valor a nuestros posibles empleadores. Así nos convertimos en nuestra propia “empresa”, que vendemos nuestro servicio al empleador. El acuerdo entre nosotros y el empleador debe ser de beneficio mutuo (es igual cuando dos empresas alcanzan sus acuerdos).
Lo ideal es entender qué dificultades enfrentan las empresas (o los clientes si nos orientamos a servicios o productos de manera independiente) y prepararnos para resolverlos.
Es esa capacidad de crear valor, mientras disfrutamos haciéndolo, lo que nos brinda las mejores posibilidades de éxito y crecimiento, personal y profesional.
