¿Respondemos todos a los incentivos económicos (o de otro tipo) de la misma manera?
Los economistas suelen enfatizar que “los incentivos importan”. La “ley básica del comportamiento” implica que cuanto mayor sea el incentivo ofrecido mayor será el esfuerzo de quien lo recibe y mejor su resultado.
Sin embargo, está demostrado que esto no funciona así. Imaginemos distintos ámbitos, no sólo el laboral…
¿Se debería pagar a los estudiantes por no faltar a clase, por ampliar sus hábitos de lectura o por sacar mejores notas?, ¿conseguirían los incentivos aumentar la colaboración con los demás, el altruismo? ¿pueden ayudar los incentivos a inculcar hábitos saludables como el dejar de fumar o el hacer ejercicio?
Esto se debate mucho. Puede que sirvan en algún momento, y en otros no. La motivación “extrínseca”, que viene de afuera, sirve en algunos casos, e intenta reforzar un comportamiento deseado, pero no tiene en cuenta la “intrínseca”, que es propia. Y de allí que hasta podría resultar contraproducente. En situaciones complejas que involucran ambiciones, miedos, riesgos y variables sociales, el ajuste entre velocidad (tiempo de dedicación) y precisión (optimización de la obtención de la recompensa) puede no ser el esperado.
Si me ponen un incentivo por algo que por alguna razón creo que no voy a lograr… lejos de hacer
que me esfuerce más, logrará que no haga absolutamente nada en esa dirección.
El incentivo también da un mensaje sobre si el esfuerzo es apreciado o no (un incentivo bajo da la señal de que el objetivo no es importante). Entonces, se debe comprender no sólo el efecto directo que pueden tener, el que asocia mayor pago a mayor cumplimiento con el comportamiento esperado, sino también los efectos indirectos a través del mensaje que envían.
Todo esto hace que la gestión de incentivos sea mucho más compleja de lo que parece a simple
vista. Para usarlos bien es necesario valorar muy bien los objetivos perseguidos, y también conocer bien a las personas a las que van dirigidos.
