¿Para qué sirve?
Solemos armarnos con una “armadura” para generar cierta sensación de protección frente a eventuales agresiones que no se pueden gestionar.
Esa armadura nos dio la posibilidad de pasar desapercibidos en los grupos para no sufrir eventualmente violencia física,
verbal o emocional, y suele construirse en la infancia.
También puede servirnos para conseguir algo que creemos que no tendríamos de otro modo, como el cariño o la atención de los demás.
Cuando tomamos consciencia de que la llevamos, podemos comenzar a quitárnosla.
Probablemente ya cumplió su propósito, y ya no la necesitamos.
La realidad es que con la armadura puesta no nos mostramos como somos, sino como queremos que nos vean.
Vivir con esta armadura no es nada sencillo porque detrás de ella se esconde el miedo a ser heridos. El problema es que esta protección termina tomando el control de nuestras vidas y terminamos convirtiéndola en un filtro muy conservador a través del que observar el mundo. Muros que levantamos y nos aíslan, ya no solo del sufrimiento y la incertidumbre, sino también del afecto y de cualquier experiencia social.
Por protegernos, acabamos boicoteándonos de tal manera que nos bloqueamos a
nivel emocional.
La armadura está ahí para protegernos, pero termina atándonos a sentimientos de malestar. Por eso es tan importante reflexionar acerca de las armaduras que llevamos (puede ser más de una), y ver qué nos dan y qué nos quitan.
Cuando nos las quitemos estaremos expuestos a ciertos sufrimientos que hoy buscamos evitar… pero también podremos disfrutar de relaciones más sanas, que nos darán más felicidad.
Quizás ser quienes somos, y no quienes creemos que los demás quieren que
seamos, nos acerque más a lo que consideramos representa el éxito en nuestras
vidas. ¿No vale la pena pagar el precio?
